Carta a SC

Hola, amigo.

La verdad es que llevo meses posponiendo este texto, porque condensar en unas pocas palabras lo que eres para mí es una tarea, sencillamente, destinada al fracaso. ¿Cómo voy a dar forma a tanto bien? ¿Cómo hablar de tu amistad sin amontonar elogios hasta que pierdan sentido? Solo puedo intentar dejar aquí algunas ideas deslavazadas que me brotan al pensarte.

Recuerdo perfectamente aquella conversación sobre la vocación y la vida religiosa. Te pregunté si te habías planteado ordenarte jesuita, si te atraía ese camino y si creías que el Señor te llamaba al servicio desde ahí. Tu respuesta me desarmó: “Ya lo he descartado, sería demasiado fácil.” Pensabas que, desde la ordenación, te resultaría más sencillo vivir en Dios, y tú querías el reto: ser santo desde el mundo, desde tu realidad concreta.

Eso, por supuesto, ha incluido no pocas perrerías… No es que te dejaras arrastrar: has sido partícipe activo o, directamente, artista principal. Desde el asalto a la cámara refrigeradora del licor Carmelitano hasta las mascaritas venecianas, pasando por aquella vez que te subiste a un altavoz de tres metros mientras te retumbaban las piernas con la música de los Black Eyed Peas. Por si alguien aún lo duda —aunque lo sospeche—, yo lo confirmo: en la fiesta también te movías como pez en el agua.

I gotta feeling...

Y sí, también quiero hablar un poco de fútbol (y no, esta vez no será del pleno de victorias de Umpas en la 2024-2025). De naranja o de verdiblanco, incluso desde las mismísimas chapas de Buendía, siempre te ha fascinado la competición. Creo que para ti, como para mí, el campo de fútbol ha sido una especie de experimento controlado donde dar rienda suelta a ese impulso humano de batallar, de competir y de ganar. El juego es divertido, claro, pero es la lucha lo que le da sentido. Santi, siempre has sido un futbolista de buen pie y gran físico, pero, sobre todo, un competidor superlativo: tus mejores partidos los has jugado siempre frente a los retos más difíciles.

La Primera

Te echo terriblemente de menos, pero los dos sabemos que sigues aquí. Sigo notando tu aliento cuando acechan el fracaso, la angustia o la desolación. Y no solo eso: esas vidas cruzadas que tanto has entretejido han vuelto a funcionar. Me has llevado al trabajo que de verdad me permite poner mis dones al servicio, y a la vida compartida con el ángel de la alegría que has tenido la gracia de poner en mi camino. Así que, pelirrojo, sólo puedo darte las gracias y, como siempre, decirte "venga, nos hemos visto". Por supuesto, nos seguiremos viendo.


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